¿Cómo medir nuestros niveles de bienestar y competencia docente?

Os animo a que a que hagáis una reflexión sobre vuestro “nivel de bienestar docente” y cómo están vuestras competencias profesionales para la enseñanza a día de hoy. Para ello, os puede servir el siguiente documento que no es otra cosa una guía para el autoconocimiento elaborada hace unos meses para #profesoradonovel en Málaga.

Podéis enriquecer una visión, siempre parcial, de vosotros mismos a través de la entrada de este mismo blog titulada “Las competencias del profesorado”

Creo sinceramente, que de vez en cuando conviene pararse y volver a una mirada interior que nos descubra cómo está el pálpito profesional docente, cómo vivimos la vida laboral en los centros educativos. Cómo percibimos en los demás fortalezas, debilidades y miserias y cuál es su relación con las nuestras.

Simplemente tenemos que ponernos frente al espejo de lo es un profesorado competente, procurar mantener un grado sincero y alto de bienestar profesional, aunque sé que esto último a veces no se consiga por diversos motivos y no siempre reales.

Para ello, con el propósito alimentar el debate, volvemos al viejo concepto de mentor, tutor en los aprendizajes, y también al de aprendiz curioso que se muestra humilde y no pretende saberlo todo, ni creerse nada. El mismo Consejero de Educación de la Junta de Andalucía trajo a colación la figura del tutor de maestros y profesores, que necesiten de ayuda profesional. Fue durante una entrevista en El Correo de Andalucía.

El hecho de que el liderazgo se pueda y deba distribuir, nos obliga a centrarnos en la libertad y en la responsabilidad individual como eje de la actuación docente. Hoy día el principio de autoridad moral se pone frecuentemente en tela de juicio. A sabiendas de que sin él no se puede producir ningún tipo de guía que conduzca a auténticas enseñanzas y aprendizajes escolares; hemos de contar con que hay maestros y maestras en los centros con un profundo sentido de autoridad, dotadas con un hondo saber y conocimiento. Su sola palabra y su gesto mueven nuestra actitud y hacen revisar el valor que le damos a la cosas, promueven cambios en los modos con los que encaramos la jornada escolar. Normalmente no son las personas más ruidosas, quizá por el hecho de ser las más profundas. Podrían ejercer seguramente de mentores, de guías y ayuda para los más jóvenes, menos veteranos o capaces; pero por diversos motivos, sólo lo hacen de un modo tácito, indirecto y fugaz. Son precisamente los ruidosos y las “pobres víctimas” del sistema los que conducen por el camino de la queja irresponsable al recién llegado, frecuentemente sólo y sin las herramientas correctas para enfrentarse a los conflictos, sin las competencias profesionales claras, sin el bienestar profesional suficiente para levantar su ánimo y su moral.

Del mismo modo, para mejorar el gozo escolar con la profesión docente, hay que identificarse con el personaje del maestro curioso, capaz de transmitir el entusiasmo por el conocimiento. Preguntarse a diario qué hacer para alentar la llama de la curiosidad en los alumnos. Proyectar el placer por el conocimiento es siempre la mejor estrategia para aumentar la dosis de satisfacción en nuestro trabajo, contagiar el amor por el estudio, el aprendizaje y las lecturas la única vía de acceso cultural. Hay que, por tanto, compartir lo que sabemos y la necesidad vital de que seguimos aprendiendo con los demás, pero sobre todo, con aquellos que tienen mucho que decir aunque callen por prudencia. Tenemos que renovar el entusiasmo, clase tras clase…día tras día, porque no en vano los maestros y maestras somos profesionales de la esperanza y del optimismo. Todo ello exigen un ejercicio de parada biológica que un profesor o profesora tendría que hacer serenamente, sin sentirse víctima, a lo largo de su dilatada carrera de servicio público.

 
 
 

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