La innovación escolar: tristeza y felicidad de una maestra

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El último artículo de Santos Guerra, en La Opinión de Málaga “La fagocitosis del innovador” nos hablaba de que en los centros educativos había dos tipos de maestros: Tipo A y Tipo B. Mientras que el A trabaja más feliz por la innovación y la mejora, el B sufre y desalienta al A para que deje de tirar del carro del progreso escolar, por cómicas y variopintas razones. Yo no me lo creo del todo y diré porqué.

Escribo este artículo no por mí, ni por mi centro. Lo escribo por una maestra que me alegró la mañana con emoción deliciosa y contenida y que ha pertenecido a nuestro colegio durante varios años. Responde al correo que le envié hace unos días y lo hace con las palabras escritas en verde de abajo. Mi intención con la misiva era hacerla partícipe de nuestra aparición, contribuyendo en unos artículos, al Monográfico ESCUELA El centro como lugar de aprendizaje. Coordinación y trabajo continuo. Coordinado por don Antonio Bolívar Botía y que se puede leer aquí:

Pues bien, su respuesta y motivo del post y de la dicha ha sido la siguiente:

Hola Juan, leo estas cositas y me pongo triste, fíjate, triste por no estar ahí y seguir con esas reuniones entre ciclos, entre infantil y primaria, primer y segundo ciclo, etc, etc. Por no trabajar con las de infantil a través de proyectos y desde el inglés curricular contribuir a enriquecer ese vocabulario base construyendo y enseñando la lengua extranjera a la vez que aprenden vocabulario de la lengua materna,… ufff, años luz Juan… y como te comenté un día, si en inglés de primaria no hubiese libro de texto, se podría trabajar igual que se hace en infantil…

Llegué (al nuevo centro) con la inercia del CEIP Andalucía, de hacer todas esas cositas y me he tenido que parar en seco, apenas se van vislumbrando esas ideas… aquí, lo más importante es rellenar y rellenar papeles oficiales, burocráticos para complacer a un Inspector que no te da opción a la creatividad, o a la improvisación de una actividad que venga a cuento, a un Inspector que entra a tu clase, y aunque hayas terminado las actividades y quieras hacer un repaso cantando una canción, te mira a ver si la tienes programada en tu diario de clase, y si no la tienes te mira mal y al parecer, está todo el año ya controlándote (no es mi caso, aún, pero sí el de compañeros). y eso me aburre, ufff, qué te digo…

Donde este profesor (artículo de don Juan Manuel Escudero de la Universidad de Murcia) dice que el trabajo en equipo es más un sueño que una realidad… le digo, que yo he vivido ese sueño hecho realidad, donde se evoluciona y se aprende como profesional aunque cueste; aunque nos quejemos a veces. Pero es algo que se puede hacer y construir poco a poco, pero claro, hace falta empuje y constancia de alguien que siga y siga queriendo hacer aquel sueño realidad.

Esto que me envías reafirma aún más cuando dije que no me quería ir de allí, que aprendí mucho como profesional y persona, que evoluciona el colegio, los niños, los maestros…tantas cositas por expresar que no me salen con palabras, se sienten…

En fin, enhorabuena por este artículo, me ha gustado mucho (jajajaja, no porque salga en las fotos, aunque me alegro, jijijiji) sino porque me siento orgullosa de haber formado parte de este equipo del Andalucía, y lo sabes. Y desde la distancia, aunque ya lo valoraba en su momento, lo valoro más y se me ponen los dientes largossss!!!! Sigue con esa labor.

 Te mando saludos y ojalá y si me queréis, ¡pueda volver allí! Besitosssssssss” 

Otro maestro que también obtuvo destino en un centro cercano me escribió lo siguiente:

Muchas gracias Juan. El jueves 29 os hice una visita, pero no te vi. Los niñ@s se alegraron un montón de verme lo que me hizo feliz durante un buen rato”

Decía que no me lo creo del todo porque la satisfacción del deber cumplido y la motivación por el logro es el ansia habitual del ser humano, también del profesorado. Lo que pasa es que entre unos y otros estamos tapándola, escondiendo el riesgo y el equívoco y como decía @pvil  postrándonos ante el nuevo “Santo” Oficio: el de docentes que “actúan” de inspectores educativos”salvaguardando” el “sistema” y sus vetustas programaciones. Y yo añado que perdiendo la ingenua felicidad del trabajo bien hecho, maliciándonos cuando tropezamos… recogiendo grises y burocratizadas maneras de escudarse.

Por otro lado, tal y como sugiere acertadamente Pepa Bermudo no siempre podemos ser profesorado AAA+, como las lavadoras; tampoco aspiramos a ello siempre y en todo momento, la energía en innovación baldía se pierde con frecuencia y no deberíamos caer en el derroche. A veces somos profes B, incluso Z. La diversidad en los modos de ver la vida y de encajar nuestra personalidad nos muestran caminos más humanos y no por ello menos transitables. En la escuela, como en la vida, aquel dicho “Hombre soy; nada humano me es ajeno” cobra todo el sentido.

Quiero despedir el artículo por ahora con el párrafo final de Miguel Ángel Santos Guerra:

“Creo que es bueno ser A y jubilarse de A. Porque se es más feliz. Algunos me preguntan, qué es lo que se puede hacer con los B. Siempre digo que hay que invitarles a la fiesta de los A. Porque los A lo pasan mejor. Y si no se dejan invitar siempre se puede hacer con ellos lo que decía Voltaire: “No hay mayor venganza sobre nuestros enemigos que la de que nos vean felices”.

El saber y el aprendizaje lento

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El saber y el aprendizaje lento requieren de líderes que comprendan y miren a su alrededor.

El saber lento, como las cocciones lentas, se encuentra a gusto con los mimos del trabajo bien hecho, con la palabra que, por manoseada me da pudor repetirla, de la “excelencia”.

De niño, un maestro brutote pero de buen corazón, nos cantaba aquello de “es un muchacho excelente”; las muchachas, propio de la época, permanecían a la sombra de la canción y de su letra. Y con el mismo ardor con que se nos daba el premio de la cantinela “es un muchado…”, resaltando nuestro modesto trabajo escolar de ocho años, se nos devolvía castigos a raudales con madera en la palma de las manos.

Con el tiempo, los años de diplomas y títulos, de clases a diferentes ritmos: entre el sonmoliento y pausado de las tardes y el más ágil, sin resuello, de la mañana; aprendimos y aprendimos mucho, quizá más de la cuenta, cosa que ahora tenemos que remediar desaprendiendo. Recordemos también que en plena Andalucía interior nos encontrábamos ensartando cuentas de rosario o diseñando polipastos en las clases de Ciencias y que lo hacíamos con la ilusión y la certeza de lo útil, de lo que nos divertía y nos enseñaba, del proyecto concreto manualmente resuelto.

Los conocimientos de una escuela lenta tienen que reunir la premisa principal “sine qua non” de ser “pocos y bien escogidos”, de ser los imprescindibles, los más adecuados y pertinentes para desenvolverse en una vida muy diferente a la vivida en nuestra infancia. Por eso no podemos actuar del mismo modo que entonces ni reproducir aquellos métodos sin una mínima reflexión previa. En los maestros y maestras de hoy, no se puede sostener durante mucho más tiempo una escala de valores didácticos que aboca a una frustrante carrera sin fondo… porque sencillamente es inabarcable todo lo que se pretende enseñar y que nunca se aprende. Por eso, no tiene el más mínimo sentido que derrochemos tiempo y esfuerzo en actividad inútil, inservible, hueca y repetitiva. Tenemos que parar, templar y mandar en los contenidos, recortar el programa, sin volver a lo básico de la lengua y las matemáticas; pero construyendo desde los nuevos aprendizajes básicos entre los que se debe incluir la creatividad, el arte, el movimiento y la educación para la salud y el cuidado de nosotros y de nuestro entorno, las destrezas para trabajar en equipos, las mínimas competencias TIC seguras y efectivas…

Este escueto programa habría que llevarlo así a los veintitantos escolares que siempre nos miran con ojos inquietos de la niñez los primeros días de clase.

HEARGREVES, Andy y FINK, Dean. en su libro “El liderazgo sostenible. Siete principios para el liderazgo sostenible en centros innovadores” sostienen, como no podía ser de otro modo, que el aprendizaje lento requiere de líderes o directivos que tienen las siguientes características:

  • Insisten en el aprendizaje, luego en los logros y luego en los tests, en este orden no en el opuesto.
  • No reducen la brecha en los logros que se pone se pone de manifiesto en los tests sobre contenidos básicos ampliando para ello la brecha de aprendizaje  entre los niños de barrios ricos, que reciben un currículum rico y nutriente que va mucho más allá de los niveles estándar, y los pobres de zonas deprimidas urbanas y rurales, que sólo reciben una dieta básica de contenidos elementales impuestos y estandarizados.
  • Se oponen al currículum karaoke de ritmo rápido y a la obsesión  por seguir los dictados que rebotan de los guiones de otras personas.
  • Protegen y fomentan el aprendizaje profundo en las artes, las humanidades y la educación para la salud.
  • Buscan fórmulas de que los alumnos realicen los tests de forma individual, cuando estén preparados, y no todos a la vez.
  • Dan tiempo para el juego y la conversación no estructurados con los colegas y con los niños.
  • Actúan de forma inmediata a favor de la mejora; esperan con paciencia los resultados.
  • Reflexionan sobre los problemas del centro, con un esquema basado en pruebas, antes de apresurarse a buscar soluciones.
  • Saben que el aprendizaje profundo requiere tiempo, y transmiten esta idea.
  • Mantienen la profundidad en el desarrollo del profesorado, de forma que haya tiempo para reflexionar sobre los cambios y para cuestionarlos, antes de lanzarse a llevarlos a la práctica.
Yo añadiría que las direcciones escolares deberían seguir una senda emocionalmente sana en sus plantillas, incurrir en muchos y variados errores sin mayor problema, propiciar la buena convivencia que no se evada fugazmente del conflicto, que lo afronte y aprende con él, que no le tema y que lo trate amablemente.
Ante el “miedo a las direcciones”, su “falta de humanidad y su afán de control burocrático”; hay que mantenerse firmes, incluso los mismos directores y directoras deben permanecer alerta para no subvertir su misión primera: los escolares y su aprendizaje honesto, profundo y duradero. Pero esto no habría ni que decirlo: el poder se reparte, se distribuye… y si no, se toma cordialmente; en un acto de civismo del que no debe sentirse ajeno ningún docente.
Para empezar un curso escolar con lentitud, pero con profundidad y rigor; recomiendo algunas lecturas que me han servido personalmente en mi trayectoria profesional:

¿Cómo medir nuestros niveles de bienestar y competencia docente?

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Os animo a que a que hagáis una reflexión sobre vuestro “nivel de bienestar docente” y cómo están vuestras competencias profesionales para la enseñanza a día de hoy. Para ello, os puede servir el siguiente documento que no es otra cosa una guía para el autoconocimiento elaborada hace unos meses para #profesoradonovel en Málaga.

Podéis enriquecer una visión, siempre parcial, de vosotros mismos a través de la entrada de este mismo blog titulada “Las competencias del profesorado”

Creo sinceramente, que de vez en cuando conviene pararse y volver a una mirada interior que nos descubra cómo está el pálpito profesional docente, cómo vivimos la vida laboral en los centros educativos. Cómo percibimos en los demás fortalezas, debilidades y miserias y cuál es su relación con las nuestras.

Simplemente tenemos que ponernos frente al espejo de lo es un profesorado competente, procurar mantener un grado sincero y alto de bienestar profesional, aunque sé que esto último a veces no se consiga por diversos motivos y no siempre reales.

Para ello, con el propósito alimentar el debate, volvemos al viejo concepto de mentor, tutor en los aprendizajes, y también al de aprendiz curioso que se muestra humilde y no pretende saberlo todo, ni creerse nada. El mismo Consejero de Educación de la Junta de Andalucía trajo a colación la figura del tutor de maestros y profesores, que necesiten de ayuda profesional. Fue durante una entrevista en El Correo de Andalucía.

El hecho de que el liderazgo se pueda y deba distribuir, nos obliga a centrarnos en la libertad y en la responsabilidad individual como eje de la actuación docente. Hoy día el principio de autoridad moral se pone frecuentemente en tela de juicio. A sabiendas de que sin él no se puede producir ningún tipo de guía que conduzca a auténticas enseñanzas y aprendizajes escolares; hemos de contar con que hay maestros y maestras en los centros con un profundo sentido de autoridad, dotadas con un hondo saber y conocimiento. Su sola palabra y su gesto mueven nuestra actitud y hacen revisar el valor que le damos a la cosas, promueven cambios en los modos con los que encaramos la jornada escolar. Normalmente no son las personas más ruidosas, quizá por el hecho de ser las más profundas. Podrían ejercer seguramente de mentores, de guías y ayuda para los más jóvenes, menos veteranos o capaces; pero por diversos motivos, sólo lo hacen de un modo tácito, indirecto y fugaz. Son precisamente los ruidosos y las “pobres víctimas” del sistema los que conducen por el camino de la queja irresponsable al recién llegado, frecuentemente sólo y sin las herramientas correctas para enfrentarse a los conflictos, sin las competencias profesionales claras, sin el bienestar profesional suficiente para levantar su ánimo y su moral.

Del mismo modo, para mejorar el gozo escolar con la profesión docente, hay que identificarse con el personaje del maestro curioso, capaz de transmitir el entusiasmo por el conocimiento. Preguntarse a diario qué hacer para alentar la llama de la curiosidad en los alumnos. Proyectar el placer por el conocimiento es siempre la mejor estrategia para aumentar la dosis de satisfacción en nuestro trabajo, contagiar el amor por el estudio, el aprendizaje y las lecturas la única vía de acceso cultural. Hay que, por tanto, compartir lo que sabemos y la necesidad vital de que seguimos aprendiendo con los demás, pero sobre todo, con aquellos que tienen mucho que decir aunque callen por prudencia. Tenemos que renovar el entusiasmo, clase tras clase…día tras día, porque no en vano los maestros y maestras somos profesionales de la esperanza y del optimismo. Todo ello exigen un ejercicio de parada biológica que un profesor o profesora tendría que hacer serenamente, sin sentirse víctima, a lo largo de su dilatada carrera de servicio público.